El mar rebota en el ocaso

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El mar rebota en el ocaso. Una línea dibuja el horizonte y las murallas, los muros, las paredes, las puertas y las verjas regresan a las casas. Al otro lado de la cerradura la noche aproxima las estrellas. La calma de un té caliente no cede al optimismo y cuida el desánimo.

Es necesario potenciar imágenes paradigmáticas de la experiencia y de la vida cotidiana, muchas de las cuales tienen que ver con la experiencia de las cosas, de los utensilios, del hogar y de los lugares. Recordar aquí la hora del té en Ascot a los sones de las llamadas a los rezos en un día tan extraño en Washington me hace pensar que los cambios políticos son fecundos no sólo cuando son estructurales sino también infraestructurales y compaginan las dos dimensiones: la vida pública y la vida personal, la cotidianidad y las relaciones con los demás.

A la intemperie de este desamparo nihilista y tecnológico de sobrexposición, se encienden millones de terminales con la conectividad más potente para empezar el “prime time” de miradas, soledades, cercanías, silencios y clicks buscando el sentido de la vida, destino trágico de la razón humana. A veces no siento la emoción, ni el estado de ánimo, de esta contradicción que es vivir, que es la pérdida continua del presente y la apertura al abismo del futuro.

Esta carnicería debe terminar ya. Somos una sola nación, y su sufrimiento es el nuestro. Sus sueños son nuestros sueños; y sus triunfos serán nuestros triunfos. Tenemos un mismo corazón, un hogar y un glorioso destino.  Donal Trump

Sudor. Sangre. Muerte. Lágrimas. Como perseguido por el resumen de una fiesta nacional española, de una zarzuela, de un amor imposible me aúpo a la resistencia, la proximidad y la sencillez como método ontológico, de ser y estar en mil mundos. Esperemos que la vida corriente no siga siendo menospreciada con tantas palabras.

Escrito en Café Maure – Jardin Des Oudayas, el día de la toma de posesión de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos.

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