Empalado

2 abril 2012

Yo de paja

Despierto al amanecer llorando otro sueño de paja y me siento empapado de lágrimas de cocodrilo. Tomar la determinación de incorporarme me cuesta un tal cúmulo de dificultades que necesito engañarme para renunciar al status quo de la noche. En mí, la primera personalidad es una especie de paja seca en estado de sarpullido. Otros días mi segunda personalidad únicamente se levanta por saludar a las gallinas.
A veces pienso que estas tres personalidades son grumos en un cocktail, un abucheo de voces y trinos de pájaros revoloteando sobre mi cuerpo invisible.

Desde que estoy más conmigo mismo, observo estas personalidades en todas partes del internado: en el vestíbulo, en la cocina, en la sala blanca, en el W.C., en el patio o en el campo sembrado de trigo. ¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! Aunque me veo forzado a convivir en la confusión más absoluta con las tres, no me convenzo de que me pertenezcan y hay días que las desnudo a gritos dejándolas tiradas en campos santos.

Enfermo de indignación no dejo de ignorar mi existencia. Quisiera obligar a este yo que se oculte en los repliegues más profundos de mi cerebelo, de mi córtex, pero es de una insolencia trasatlántica. Vestirme para la “fiesta de la vida” es encontrarme llorando el frac, inundar la camiseta y licuar el alma de un yo postergado al olvido en este reducto escondido.

Yo no soy, ni he sido nunca más que un hombre de trapo. Durante toda la vida he hilvanado, de aquí y de allá, sin conocer otra cosa que la tierra seca de campos castizos. Y ahora solo queda aprender a gestionar el desprendimiento del cariño por nada y dejar que los pájaros hagan el resto sobre mi esqueleto.

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